
Ciudad Universitaria, Ciudad de México.- La colaboración grupal de los monos araña para compartir información útil y obtener alimento se puede aprovechar para mejorar la forma en que los humanos contribuyen entre sí, sugiere un estudio realizado por el investigador del Instituto de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y Sistemas (IIMAS) de la UNAM, Gabriel Ramos Fernández.
De 1997 a 2020, Ramos Fernández y su equipo científico analizaron el comportamiento social de los primates en la Península de Yucatán, cerca del lago de Punta Laguna, en Otoch Ma’ax Yetel Kooh (que en lengua maya significa la casa del mono araña y el puma). Indagaron datos esenciales para la conservación de sus poblaciones, entre ellos: rutas de alimentación, movimientos y área mínima de conservación.
En este trabajo, en particular, vemos que unen de manera complementaria los diferentes datos que poseen. Pensamos que si dos individuos tienen áreas únicas que conocen, cuando conviven en zonas de intersección en común, comparten lo que saben, comentó.
A este tipo de comportamiento social se le conoce como dinámica de fisión-fusión, y se refiere a la división de un grupo en subgrupos temporales de exploración que se juntan y se separan constantemente. De hecho, los miembros de un conjunto de monos araña casi nunca están todos juntos, precisó el universitario en entrevista.
Ese comportamiento, acotó, no es exclusivo de estos ejemplares; ha sido documentado también en chimpancés, hienas, delfines, murciélagos y elefantes, entre otros.
El artículo fue publicado recientemente en la revista Nature npj complexity (https://www.nature.com/articles/s44260-025-00060-0). Ramos Fernández contó con la colaboración de Sandra E. Smith Aguilar, también del IIMAS; Denis Boyer, del Instituto de Física de la UNAM; así como de Ross S. Walker y Matthew J. Silk, ambos de la Universidad de Edimburgo.
El doctor en Biología relató: En esta dinámica en la que los miembros se unen y se separan con frecuencia, comparten información complementaria sobre áreas de forrajeo conocidas de forma única y esto les facilita rastrear un entorno heterogéneo mejor que si lo hicieran solos.
Al revisar las áreas de desplazamiento, subrayó, se revela que de manera paulatina los datos son complementados, razón por la cual el equipo de investigación sugiere que las redes espaciales complejas que surgen de la dinámica permiten complementar la información y adaptarse para el forrajeo.
Ramos Fernández agregó: A pesar de que están formando subgrupos que cambian constantemente, es posible seguir a un individuo cualquiera y delimitar sus movimientos con un polígono para periodos de seis meses.
Cada polígono individual constituye una pieza de un rompecabezas del sitio, en el que existen áreas compartidas, pero también aquellas que solo un individuo visitó durante estos periodos. Cuando coinciden en zonas comunes, los miembros del grupo comparten la información permitiendo a los demás encontrar fuentes de alimentos desconocidas. Es una especie de conocimiento o inteligencia distribuida.
Especulamos, apuntó, que si este sistema es colectivamente inteligente (es decir, que el grupo tenga un conocimiento del entorno superior al que podría adquirir cualquier individuo por sí mismos), resultaría ser un proceso similar a como se trabaja en una empresa donde cada persona pone “su granito de arena”, característica más general de cualquier equipo laborando.
El siguiente paso en la investigación en proceso, detalló, es examinar en el nuevo Laboratorio Interdepartamental de Interacción Social, que se instalará próximamente en el IIMAS, la labor colectiva de seres humanos en distintas tareas. Se les grabará con audio y video para detectar qué tipo de información comparten, cómo lo hacen, además de los ajustes que realizan para una coordinación más efectiva.
